El ataque a Pearl Harbor

A bordo del portaaviones japonés Akagi, el Vicealmirante Nagumo se encontraba muy inquieto desde hacía varias noches. No dejaba de pasear nervioso de un lado a otro del buque. Hasta que el 2 de diciembre de 1941 le llegó un telegrama con el siguiente contenido: «Niitaka Yama Nobore» («Escalad el monte Niitaka»). Este era el texto en clave que ordenaba el ataque contra Pearl Harbor.

Hacía seis días que el Vicealmirante Nagumo había abandonado las islas Kuriles con su armada al completo. Esta estaba compuesta por: 6 portaaviones, 2 acorazados, 2 cruceros pesados, 1 crucero ligero, 9 destructores y 3 submarinos. Los 6 portaaviones transportaban 423 aviones de combate entre bombarderos en picado, bombarderos de ataque horizontal, cazas y cazas torpederos. Era la fuerza aérea más grande jamás transportada por mar.

A todo esto hay que sumarle los 27 submarinos de largo alcance que ya habían tomado posiciones alrededor de las islas Hawai.

La navegación para la flota a través de la ruta del norte fue bastante dura a causa de las nieblas, el frío y un mar agitado que provocaron muchos problemas. Cuando el Vicealmirante Nagumo comunicó el objetivo de la misión, hasta ese momento secreto, a su flota, el entusiasmo fue enorme.

El 7 de diciembre de 1941, a primera hora de la mañana y en medio de un mar muy agitado, la flota de Nagumo llegó a su posición de ataque, situado a 270 millas al norte de la isla de Oahu. Los pilotos, muchos de ellos portando el hachimaki (la cinta de los samurais) en sus cascos de vuelo, rezaban sus oraciones en los altares de a bordo.

A las 6 de la mañana despegaban simultáneamente desde los 6 portaaviones los aparatos que formaban parte de la primera oleada del ataque a Pearl Harbor.

Mientras tanto, en las islas Hawai, la vida transcurría con normalidad. Nada hacía presagiar la catástrofe que se dirigía hacia ellos desde el norte.

El «Mary Anne», un bombardero B-17 Flying Fortress (Fortaleza Volante), se encontraba en vuelo junto con otras 8 Fortalezas Volantes desde San Francisco a la base aérea de Oahu. Parte de su tripulación descansaba y tan sólo estaban despiertos el piloto, el capitán y el radiofonista. Para sobrellevar la rutina del vuelo, el radiofonista Tom Shirer recorría la escala de ondas. Sintonizó algo de música de baile procedente de la costa oeste de Estados Unidos, algo desde una emisora rusa…. El aburrimiento era palpable y le costaba mantenerse despierto.

Eran las 7:50 de la mañana, hora de Hawai, aún les quedaba una hora de vuelo hasta su destino en Hickham. En ese momento llegó un mensaje que le hizo despertar del todo:

  • ¡Capitán un mensaje para usted!
  • Le escucho Tom, ¿qué ocurre?
  • Escuche esto señor……

A través de la radio empezó a llegar nítidamente el rugido de motores de avión, tableteo de ametralladoras y hasta alguna frase en japonés.

  • Qué raro Tom, ¿tenemos constancia de maniobras japonesas por la zona?
  • No señor, además no entiendo qué está pasando…
  • ¿A qué te refieres Tom?
  • Pues que, sin ningún ápice de duda, es la frecuencia de Honolulú.
  • ¿Qué? ¡Rápido! Comunica con la emisora
  • Aquí 06455….06455 llamando a Hickham……Solicitamos información a tierra……06455 solicitando información a tierra.

A los auriculares del radiofonista solo llegaban los sonidos de los japoneses y también, de forma insistente, el grito de ataque japonés: «Tora Tora Tora». Hasta que llegó la respuesta desde tierra:

  • Aquí Hickham Air Base, desde hace 10 minutos estamos bajo un intenso fuego japonés. Imposible tomar tierra en Hickham. Diríjase a la pista secreta 011. 06455 haga lo posible por llegar a la pista secreta 011.

El mensaje provocó el silencio a bordo del «Mary Anne», incrédulos ante lo que acababan de escuchar.

  • ¿Significa esto que estamos en guerra? – pregunta el capitán.
  • No sabemos si estamos en guerra pero parecemos condenados a ella. Y el primer golpe ha sido de parte japonesa…..Corto. – comunican desde Hickham Air Base.

73 minutos después el «Mary Anne» sobrevoló la isla de Oahu a máxima altura, totalmente incapacitado puesto que en tiempos de paz volaban desarmados. En ese momento el capitán, Steven McIntire, se dirigió a su tripulación:

  • El capitán al habla. Todo listo para el aterrizaje. ¡Vengaremos Pearl Harbor!
  • ¡Venganza para Pearl Harbor! – retumbó en la cabina a través del circuito de comunicación interno de la nave.

El Vicealmirante Nagumo utilizó la emisora militar americana de Honolulú como guía para los 214 aviones que formaban parte de la primera oleada del ataque a Pearl Harbor. Los aparatos que formaban parte de este primer ataque eran:

  • 40 aviones torpederos Nakajima B5 N2 «Kate». Bajo sus alas pendía la temible «anguila» de 800 kilos, especialmente ideada para aguas poco profundas.
  • Otros 50 «Kate» para bombardeo horizontal desde gran altura.
  • 51 aparatos del tipo Aichi D3 A2 «Val».
  • 43 cazas del tipo Mitsubishi A6 M2 «Zero», superiores a cualquier tipo norteamericano en velocidad, altura de vuelo y armamento.
  • 20 cazas de construcción antigua, que servirían como distracción para el radar americano.

Una hora después despegarían también los siguientes aparatos:

  • 54 cazas «Kate» de bombardeo horizontal.
  • 41 bombarderos «Val».
  • 36 cazas «Zero».

Hacia las 7:20 horas, las antenas del radar norteamericano, instaladas en una estación costera, detectaron aviones en vuelo. El oficial de guardia tranquilizó a su gente: con toda seguridad se trataba de las escuadrillas de «fortalezas volantes», entre ellos el «Mary Anne», que volaba desde California y que ya se esperaba.

Comienza el ataque a Pearl Harbor

A las 7:30, un marinero observó una escuadrilla de veinte o veinticinco aparatos que evolucionaban en círculo. Lo que no podía imaginar era que aquellos aviones fuesen enemigos.

A las 7:40, las unidades japonesas alcanzaban el vértice norte de Oahu. Con el fin de evitar ser detectados con antelación, los pilotos interrumpieron el contacto mutuo por radio.

A las 7:50, el teniente coronel Nakaya, Jefe de cazas en esta primera oleada, restableció el contacto para anunciar: «Pearl Harbor ante nosotros, envuelto en la niebla. Todo está aún dormido.»

A las 7:53, el capitán de fragata Fuchida comunicaba a su portaaviones Akagi: «La sorpresa ha sido un éxito.»

A las 7:55 en punto comenzaba el primero de los cuatro ataques que realizarían los torpederos. Seis impactos alcanzaron al acorazado West Virginia. Los proyectiles lo dejaron incapacitado para maniobrar y, por supuesto, para combatir.

Tres minutos más tarde, el contraalmirante Patrick Bellinger gritaba por los micrófonos de su cuartel general en la isla Ford: «Ataque aéreo contra Pearl Harbor. No se trata de un ejercicio de tiro.» La frase fue repetida con insistencia.

En ese mismo instante la guardia se disponía a izar la bandera norteamericana con la ceremonia habitual, como cada mañana a las 8. Mientras se procedía a pasar revista a los buques, anclados en el puerto, el oficial de guardia observó estupefacto cómo numerosos aviones torpederos se aproximaban en vuelo rasante y dejaban caer su carga mortífera.

Acorazado Nevada y el destructor Shaw en llamas tras el ataque a Pearl Harbor
El acorazado Nevada y el destructor Shaw en llamas tras el ataque a Pearl Harbor

Pocos segundos después, las explosiones se sucedieron en la bahía y en tierra firme, sobre los aeródromos en los que se alineaban los aviones norteamericanos como para una parada militar, casi tocándose las puntas de las alas unos a otros. En este preciso momento ni un solo aparato de los Estados Unidos había remontado el vuelo, ni un cañón había disparado un solo proyectil.

El primer ataque apenas duró media hora. Cuando la primera oleada de aparatos japoneses regresaba a sus puntos de partida, la mayor parte de los aviones norteamericanos alineados en las pistas de las bases aéreas se encontraban gravemente dañados ? Totalmente destruidos. El West Virginia se incendió y acabó hundiéndose. El Arizona sufrió el mismo fin llevándose consigo al fondo del mar a más de mil marineros que se encontraban en las cubiertas inferiores en el momento del ataque. El Oklahoma zozobró y tan sólo sobresalía la quilla del agua.

A bordo del Tennessee se desató un incendio como consecuencia del impacto de una bomba japonesa contra la torre de combate principal. La marinería del California trataba desesperadamente de cerrar una vía de agua que al final acabó provocando el hundimiento del buque. El Utah también había zozobrado y su quilla emergía sobre las aguas. El Raleigh se mantenía a flote a duras penas gracias a las amarras.

Tras una breve pausa, hacia las 8:40, el infierno volvió a desatarse.

Segunda oleada de bombardeos a Pearl Harbor

Esta vez los bombarderos de ataque horizontal japoneses extendieron una verdadera alfombra de proyectiles desde una altura inalcanzable.

Detrás seguían los bombarderos de ataque y los cazas, que atacaban los puntos de apoyo norteamericanos con bombas y las armas de a bordo. A las 9:45 viraban los últimos aparatos japoneses, rumbo a sus puntos de partida. A pesar de todo, esa segunda oleada, dirigida por el teniente coronel Shimazaki desde el portaaviones Zuikaku se topó con una mayor resistencia norteamericana.

Los americanos habían tenido tiempo de colocar munición en los antiaéreos durante la breve pausa anterior, habían logrado reunir a los servidores de estas armas, quedando montadas y servidas las ametralladoras. Por todas partes se veía a los hombres que se dirigían precipitadamente a sus posiciones, aunque, eso sí, en la mayoría de los casos armados solamente con fusiles Y pistolas ametralladoras. La lucha se presentaba de todas formas sin esperanza alguna.

Un lancha contraincendios intenta apagar el incendio en el  acorazado Maryland
Un lancha contraincendios intenta apagar el incendio en el acorazado Maryland

Cuando, poco antes de las 1O, todo hubo pasado, se comprobó que también el Pennsylvania y dos destructores se hablan convertido en pura chatarra en un dique seco.

En el dique flotante cercano un destructor más había saltado por los aires. El Nevada, fuertemente castigado por el bombardeo japonés, trataba de salir del puerto y embarrancar en la arena de la playa como última solución. Honolulu, capital de las Hawai alejada unos 10 kilómetros de Pearl Harbor, apenas resultó alcanzada por los atacantes. Los pocos incendios declarados se debieron a disparos fallidos de los antiaéreos norteamericanos .

A las 11:41, el gobernador de las Hawai se colocó ante los micrófonos de las emisoras de la radio local y declaró el estado de emergencia. Inmediatamente después, por orden del Ejército, las emisoras civiles interrumpieron su programación. Poco después de las cuatro de la tarde, los habitantes de las Hawai y de los Estados Unidos recibieron los primeros detalles de lo sucedido aquella mañana. Entre estos datos se incluía un balance de las bajas: 2403 muertos, de ellos 2008 oficiales y soldados de la Marina, y 1178 heridos.

A partir de ese momento se imponía la ley marcial en la isla de Oahu. Los puestos de vanguardia norteamericanos, establecidos en la lejanía del Pacífico, habían quedado destruidos: los japoneses habían aniquilado las dos terceras partes de los aviones de la Armada, y la Aviación tuvo que reconocer que solamente contaba con 16 aviones para poder realizar una operación de ataque.

Aviones destruidos en un aeródromo en Pearl Harbor
Aviones destruidos en uno de los aeródromos de Pearl Harbor

Mientras los americanos trataban de salvar lo que podían sin considerar la posibilidad de un nuevo ataque japonés, el vicealmirante japonés Chuichi Nagumo cometió un error irreparable y que, probablemente, marcaría el destino de su país en esta nueva guerra.

A pesar de que el capitán de fragata Fuchida, y la mayoría de su Estado Mayor, le presionaban para que diese la orden de atacar nuevamente a los norteamericanos, el vicealmirante ordenó a las 13 h: «A toda máquina fuera de la posición actual. Curso noroeste.»

Nagumo sólo pensaba en huir lo antes posible del radio de acción de los bombarderos norteamericanos y regresar a Japón. Como consecuencia de lo repentino de la orden y de la interrupción de las comunicaciones por radio, dos bombarderos nipones que se habían perdido al regreso de la operación, no lograron establecer contacto con su portaaviones y al fin se precipitaron en el mar.

Con esta decisión el Vicealmirante Nagumo perdió la oportunidad de eliminar al portaaviones Enterprise, que regresaba a Pearl Harbor desde Wake cargado de combustible. También podrían haber destruido los japoneses las gigantescas instalaciones de los norteamericanos para la reparación de buques. En pocas palabras: los nipones habrían podido obligar a los estadounidenses a replegarse a su costa occidental como línea primordial de defensa, y por un período de varios meses. Podrían haberse hecho con el control total del Pacífico con un único ataque.

Con esta decisión, Nagumo dejó en una posición complicada a su propio comandante supremo, el almirante Yamamoto, que había prometido al país que destruiría la Marina norteamericana en un primer ataque. Realmente la Armada estadounidense había sufrido un golpe tremendo pero ni mucho menos había sido destruida. Porque, y a pesar de las pérdidas, la mayor parte de la marina se hallaba en disposición de entrar en combate. Para ello contaba con: 3 portaaviones, 20 cruceros pesados y 65 destructores.

A los hay que añadir aquellos que fueron dañados pero no destruidos por el ataque japonés a Pearl Harbor. Las instalaciones de reparación resultaron relativamente indemnes tras el ataque por lo que se pusieron al trabajo de forma casi inmediata. Como resultado de todo esto:

  • El Nevada se emplearía en la invasión de la costa del Atlántico y tomaría parte más tarde en el combate contra lwo Jima, donde llevó a cabo un bombardeo implacable.
  • El California, Maryland, Pennsylvania, Tennessee y West Virginia participarían en la batalla de las Filipinas.

Pearl Harbor, un ataque muy oportuno para Roosvelt

Aunque pueda sonar mal, fue es la pura realidad: al reelegido presidente Roosevelt, por tercera vez, El ataque japonés a Pearl Harbor le vino muy bien. En aquel momento los ciudadanos americanos estaban detrás de su Gobierno como si fuesen un solo hombre. La respuesta a lo ocurrido en Pearl Harbor no podía ser otra que: la guerra. Se llegaría tan lejos como no se podía imaginar pocas horas antes. Los Estados Unidos habían dejado de ser neutrales hacía algunos meses. Aunque para entrar de lleno en la guerra aún les faltaba algo de tiempo. Los partidos aislacionistas eran un verdadero freno para aquellos que deseaban dar el último paso.

El ataque a Pearl Harbor habían cambiado todo aquello de pronto. El 8 de diciembre de 1941, antes de que el presidente apareciera ante el congreso, los jefes de los aislacionistas, entre ellos Hoover, Lindbergh, Wheeler y otros, se pusieron a disposición del país. También antes de que Roosevelt condenara al enemigo públicamente, quedaba claro que el Senado Americano votaría al unísono a favor de la guerra.

Del mismo modo, antes de la declaración de guerra por parte de Estados Unidos contra Japón, y las correspondientes de Alemania e Italia contra los Estados Unidos (quedando de este modo formado el cuadro de las confrontaciones de la Segunda Guerra Mundial), se alzaba en el país un clamor incontenible contra los nipones. Más de cien mil japoneses, de nacionalidad norteamericana, fueron recluidos en campos de concentración, proscritos y perseguidos.

Y cuando el Contraalmirante William F. Halsy, en el puente de mando del Enterprise, volvía a entrar en Pearl Harbor, abarrotado de chatarra y casi destruido, selló con una frase el sentimiento de todos los norteamericanos: «Hasta que no terminemos con ellos, solamente se hablará japonés en el infierno.»

Consecuencias del ataque a Pearl Harbor

En la Cámara de representantes de Washington sólo hubo una voz que se distanció del apasionamiento nacional: la de Jeanette Rankin, diputada por Montana, votando en contra de la guerra como ya había hecho en 1917.

A miles de kilómetros de distancia de Pearl Harbor y de Washington, había un hombre daba gritos de alegría, su nombre: Winston Churchill.

Aquel 7 de diciembre el primer Ministro británico tenía invitados a comer. Casualmente en su mesa se sentaban el enviado especial del presidente Roosevelt, Averell Harriman , y el embajador de los Estados Unidos, John Winant. El tema fundamental de la conversación era el de África como escenario de la guerra y, también, los envíos de ayuda norteamericana a Gran Bretaña. Como fondo de la acalorada conversación, el director de los servicios de la BBC transmitía las últimas noticias. Pero los tres políticos no escuchaban, porque se dedicaban con entusiasmo a valorar las posibilidades que tenían Rommel y Auchinleck.

De repente , Churchill alzó la mano. El diálogo se interrumpió.

  • ¿He oído bien? Los japoneses han atacado Pearl Harbor – dijo Churchill.
  • Yo no he oído nada – replicaba Winant.
  • Ha tenido que ser un buque en alta mar – contestaba Harriman.

Churchill preguntó entonces a los asistentes que se encontraban fuera de la sala. Estos constataron la veracidad de la noticia. Los japoneses habían atacado Pearl Harbor.

En ese mismo instante Churchill se abalanzó sobre su escritorio y pidió conferencia urgente con la Casa Blanca. La voz de Roosevelt temblaba de indignación mientras le describía al Primer Ministro Británico lo ocurrido en Pearl Harbor. Ese era el momento que Churchill tanto había esperado y por el que había puesto en juego el destino de su país.

Tras despedir a sus invitados, se marchó satisfecho y tranquilo a la cama. «Recordé un comentario que había hecho delante de mí, hacía treinta años, Edward Grey. Dijo que los Estados Unidos parecían una enorme caldera capaz de producir una energía ilimitada si se la colocaba al fuego. Esa noche dormí el sueño de los salvados y agradecidos.» Con estas palabras recordó Churchill aquel momento.

A la mañana siguiente, el Primer Ministro prepararó la declaración de guerra contra Tokio. Cuando presentó el documento al embajador japonés no olvidó una nota de sarcasmo, al pie de página: antes de la firma incluía la frase «su afectísimo servidor».

¿Guerra contra Alemania?

A Roosevelt las cosas le resultaron más difíciles. Ya en 1938 había confesado a su colaborador más inmediato , Harry L. Hopkins, en una conversación junto a la chimenea, que para él la confrontación con las potencias del Eje eran tan inevitable como necesaria. Ahora discutía con sus consejeros y militares si efectivamente había llegado ya el momento de tomar las armas contra los tres aliados del Eje.

Que la vergüenza de Pearl Harbor tenía que ser reparada, era algo en lo que todos los norteamericanos estaban de acuerdo. La declaración de guerra contra Japón contaba con el respaldo de la voluntad de todo el país. Pero la duda estaba en si era oportuno «legalizar» la guerra naval que, desde hacía tiempo mantenían contra Alemania.

El círculo de consejeros del presidente no se ponía de acuerdo en este punto. El factor más discutido era el del potencial alemán. En un momento determinado Roosevelt interrumpió la discusión: hasta el 11 de diciembre los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa prepararían un informe y luego ya se vería.

De vuelta a Pearl Harbor

Todavía en la tarde del 7 de diciembre, el B-17 «Mary Anne» levantaba nuevamente el vuelo desde Pearl Harbor, sólo que esta vez armado hasta los dientes. Los nervios de los hombres estaban tensos . Durante horas las hélices entonaron su canción, monótona y adormecedora.

El viaje hasta la isla de Wake no revistió incidente alguno digno de reseñarse. El Pacífico hacía honor a su nombre y a su fama: todo estaba silencioso y vacío.

Apenas el avión había cruzado la línea horaria y la dotación había adaptado sus relojes y mentes al cambio de día, se escuchó en los auriculares de Tom: «Wake lsland… Wake lsland… Llamando a 06455… Llamando a 06455»

Tom Shirer intentaba transmitir su respuesta por la radio, pero era en vano, a juzgar por el silencio del otro lado. Sólo permanecía el tecleo del morse. Tras varios minutos de intentos se recibió el siguiente mensaje que se pasó al capitán en una nota: «Intensos chubascos desde hace días. Constantes ataques japoneses con bombas. Aterrizar imposible. Vuelo directo a Guam.»

El capitán Steven Mclntire pronunció un juramento que levantó de sus sitios a sus hombres, que estaban adormilados.

  • Es imposible. El combustible no llegará hasta Guam. – Advirtió el ingeniero de a bordo, comprobando una vez más el estado del depósito de la gasolina. – No hay nada que hacer, jefe.
  • Entonces… volaremos a Wake. Vamos a ver quién es capaz de esconderse mejor entre las nubes, si los japoneses o nosotros.

Siguen los ataques japoneses

  • Allí, alll delante, a la izquierda -gritó el piloto. ¿Sería Wake realmente esa mancha diminuta?
  • Vigía llamando al capitán… Se divisa un avión no identificado. Distancia, unas ocho millas – anunció la voz tranquila de Snuffy. Su deje cansino, propio de los Estados del Sur, siempre provocaba las risas de sus compañeros.
  • Bueno, vamos a ver qué ocurre. Todos a sus puestos de combate.
  • Mensaje para el capitán… ¿Debo comunicar a la torre de Wake nuestra posición?
  • No, Tom. Aún no. Si nos han descubierto los japoneses siempre estaremos a tiempo de hacerlo… Pero después, sí. En caso contrario nos derribarán nuestros propios muchachos.

Las últimas palabras se perdieron entre el zumbido de los motores y el tableteo de las ametralladoras. Dos cazas pasaron rozando como una exhalación. En el fuselaje podía apreciarse con toda nitidez el símbolo del sol naciente. Segundos después el B-17 se veía envuelto en un combate a muerte con 3 aparatos nipones.

Cómo fue posible que salieran con vida de aquello era algo que los hombres del bombardero norteamericano no acertaron a explicárselo, poco después, al comandante de Wake, James Devereux.

En Wake parecía que había estado el diablo. El cuartel, en el que había 522 hombres, sólo se hallaba ocupado en una tercera parte. De los 12 viejos Grumman F 4 F Wildcats, de la escuadrilla de la armada, siete estaban totalmente destruidos. Tres de los doce antiaéreos eran por completo inútiles. Solo los seis cañones de las baterías costeras estaban intactos. El radar y el tren de servicio contra incendios eran realidades tan inexistentes como los cinturones de minas o las empalizadas de alambre de espino en torno a la isla.

Mientras tanto, los japoneses se acercaban con una flota de tres cruceros ligeros dispuestos a la invasión. Los cruceros iban acompañados por seis destructores y varios buques de escolta. El comandante Devereux ordenó entonces a los valientes del «Mary Anne» que prosiguiesen vuelo hacia Guam lo antes posible.

A toda prisa se cargó más munición, se llenaron los depósitos de combustible hasta rebosar, se repararon los daños más graves y se taparon los orificios de los proyectiles. Después de dos horas y media todo estaba listo.

Caída de la isla de Guam

La guarnición de Wake logró rechazar el primer intento de invasión japonesa. Los nipones perdieron dos destructores y 700 hombres. Dos cruceros y otros buques resultaron dañados. El 23 de diciembre, Wake se rindió ante una segunda invasión. En ella perdieron los japoneses otros 120 hombres. Los americanos tuvieron que lamentar 52 bajas, entre los soldados, y 70 entre la población civil. Cuatrocientos setenta oficiales y soldados cayeron prisioneros de los japoneses. La isla cayó por la evidente superioridad del enemigo.

En Agana, principal base en la isla más meridional de las Marianas, cuya extensión es de 520 km 2, están ya listos desde el amanecer numerosos depósitos de gasolina y cargas de dinamita, que se han repartido entre los defensores. La orden es: no puede caer nada en manos de los japoneses. Al margen de la pista, convenientemente escondido bajo un par de palmeras, se hallaba el «Mary Anne«.

El avión se había visto envuelto en otro combate aéreo durante el trayecto hacia Guam, pero en esta ocasión había resultado muy dañado. El tren de aterrizaje estaba muy deteriorado, en la cola se apreciaba un gran orificio, la cúpula de las ametralladoras también resultó alcanzada. Pero lo más lamentable era que el capitán Steven Mcintire no había sobrevivido al ataque. Poco después del aterrizaje había muerto en el hospital de campaña.

El copiloto, Raymond Douglas, hizo que sus compañeros se apresurasen. La orden que habla recibido era la de volar lo antes posible hacia Manila con el fin de reforzar los efectivos del general MacArthur. Mientras el ingeniero de a bordo y dos mecánicos trabajaban para reparar los daños, una columna de soldados llenaba los depósitos de combustible.

En ese momento apareció un sargento seguido de dos soldados a la carrera:

  • ¡Teniente Douglas! – gritó olvidándose de saludar.
  • ¿Qué ocurre, sargento?.
  • Los japoneses han tomado tierra. Todo lo más podemos detenerlos una media hora. Orden del comandante: si no han terminado en diez minutos, tenemos que destruir el «Mary Anne».

Los disparos de infantería ya comenzaban a escucharse peligrosamente cerca. Douglas saltó al avión y puso en marcha los motores. Pocos minutos más tarde aparecían los primeros japoneses. El ingeniero de a bordo informaba que estaban listos. Podían despegar. La «fortaleza volante» recorrió un trozo de pista, dio un par de bandazos y se elevó. Volaban.

(Tras una dura resistencia, la isla norteamericana de Guam capituló al fin 35 minutos después de que comenzara la invasión japonesa. Los japoneses no pudieron reunir material bélico que les fuese de utilidad.)

Cuando la fortaleza volante B-17 «Mary Anne» llegó a la costa de la isla filipina de Luzón, los japoneses también habían comenzado a operar en torno a ella. La dotación fue destinada inmediatamente a combatir los intentos de aterrizaje de los japoneses. Aquellos hombres lograron hundir un destructor y dañaron gravemente un buque de apoyo. La falta de combustible les obligó al fin a descender a toda prisa en las inmediaciones de Manila.

Cuando el 6 de mayo de 1942 el general Wainwright, defensor de Corregidor, capituló en Luzón, la dotación del «Mary Anne» fue hecha prisionera por los japoneses. Todos los tripulantes murieron durante la espantosa «marcha de la muerte de Bataan».

Cuando en la tarde del 11 de diciembre de 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, los consejeros del presidente se reunieron con él, tal y como se había acordado, había comenzado ya la Segunda Guerra Mundial. Roosevelt abrió la sesión con todos los pronunciamientos a su favor. Sobre su mesa aparecían las declaraciones de guerra del Reich Alemán e Italia contra los Estados Unidos. Ya sólo quedaba afrontar la guerra e implantar un nuevo orden político mundial en beneficio de Norteamérica.

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