El fuerte de Eben-Emael

Esta es la historia de cómo 85 hombres con 11 planeadores y 53 cargas huecas tomaron el inexpugnable fuerte de Eben-Emael. La totalidad de la acción fue tan secreta que, a excepción de los participantes en ella, sólo lo sabían tres hombres: Hitler, Keitel y el general del Cuerpo de Paracaidistas Student. En la madrugada del 10 de mayo de 1940 dos oficiales y 83 soldados debían aterrizar sobre la superficie del hasta entonces tenido como inexpugnable fuerte de Eben-Emael, y «eliminar» las obras más importantes, como se dice en la jerga de los informes del grupo.

Instrumentos decisivos en esta acción militar fueron las nuevas armas secreta: planeadores de carga hueca, que eran capaces de hacer saltar planchas blindadas de 25 cm. La maniobra por sorpresa salió perfecta: 1200 belgas cayeron prisioneros. Los carros alemanes tenían el camino abierto hacia Francia. 

El 27 de octubre de 1939. El comandante de la División aérea 7, general Kurt Student, es llamado a Berlín para una reunión secreta en la Cancillería del Reich. Antes de que empiece el diálogo, deben abandonar el despacho del Führer el resto de los allí presentes, permaneciendo además de Hitler y Student sólo el jefe del Estado Mayor del Ejército, general Wilhelm Keitel. 

En pocos rasgos, Hitler explica que ha pensado detenidamente «dónde y cómo las tropas de paracaidistas podrían lograr una mayor sorpresa», y ha decidido lo siguiente: 

  • Las tropas de paracaidistas y de aterrizaje ocuparán por sorpresa la región de Gante en Flandes oriental
  • Un pequeño grupo de asalto en planeadores conquistará el fuerte de Eben-Emael y los puentes sobre el Canal Alberto. Keitel reacciona escéptico, pero su oposición no dura mucho. En cambio a Student le gusta este plan tan temerario, y promete prepararlo hasta su último detalle.

Operación secreta bajo pena de muerte: Asalto al fuerte de Eben-Emael.

En noviembre de 1939 se concentran en Hildesheim una Compañía de paracaidistas de caza y un grupo de zapadores, bajo durísimas condiciones. Les está prohibido bajo pena de muerte hablar sobre este entrenamiento. Durante meses no se les permitió ver a sus familiares. No hay permisos de salida para ellos: ni siquiera pueden alternar con otras unidades. El jefe del grupo de zapadores, el entonces teniente Rudolf Witzig, recordaría: 

A veces debía valerme de métodos drásticos para convencerles de la necesidad de estas medidas, ya que de ello dependía nuestro éxito y nuestra vida.


Teniente Rudolf Witzig

Ninguna unidad del Ejército tuvo en ese medio año (hasta su actuación) más movimiento que este grupo de zapadores. Para guardar estrictamente el secreto, el grupo actuaba siempre bajo diferentes nombres.

Una vez se llamaba la unidad «Departamento de pruebas de Friedrchshafen», luego «Escuadra de reserva 17». Tan pronto como llamaba la atención de los curiosos, recogían sus bártulos y se esfumaban reapareciendo con distinto nombre en otro lugar. Después de un par de semanas la gente empieza por primera vez a refunfuñar y para aflojar un poco la cuerda se permite a todo el equipo, bajo estrechísima vigilancia; del sargento primero Helmut Wenzel, visitar el cine de Hildesheim.

Sin embargo antes se les reúne para decirles que se trata de una excepción. Al terminar el cine los suboficiales le piden a Wenzel si les permite ir un rato a una taberna. El sargento Wenzel no sabe qué decidir, duda y finalmente cede. Al llegar al cuartel más tarde, falta uno: el suboficial Heinemann

Cosas del destino: casualmente el jefe de grupo quiere ver al suboficial Heinemann. El sargento Wenzel encuentra para ello mil excusas. Finalmente debe confesar: «Heinemann ha desaparecido». El teniente se enfurece. «Hay que buscarle y traerle preso inmediatamente» 

Wenzel se coloca en el portalón del cuartel y espera. Hacia la medianoche aparece el suboficial tambaleándose, borracho como una cuba. En el momento en que el suboficial Heinemann le echa el ojo encima a su sargento, sonríe con satisfacción y le pregunta, tartamudeando si su sargento Wenzel ha reservado para él una hermosa habitación. 

Heinemann queda arrestado. Wenzel es reprendido por el teniente ante su unidad. Y excepciones como las visitas al cine se anulan de una vez para siempre.

El ataque a Eben-Emael

Por fin, después de siete meses de preparación, ha llegado el momento: en la tarde del 9 de mayo de 1940 la unidad es puesta en alarma. Primero se dirigen a los aeródromos de Colonia-Ostheim y Colonia-Butzweilerhof. Pero incluso los comandantes de los aeródromos no saben aún lo que se oculta en los hangares. 

10 de mayo de 1940. A las 2.45 de la madrugada se sacan de las naves los planeadores de carga tipo «DFS 230» y se disponen para la acción. 

Los mudos y parduscos «pájaros» podían arrastrar una tonelada. La carga está calculada hasta el miligramo; por ejemplo, el planeador nº 4 es manejado por el antiguo campeón mundial de vuelo sin motor y actual suboficial Otto Bräutigam. El jefe del destacamento, sargento Wenzel, y su lugarteniente, el cabo primero Polzin, junto con otros cinco zapadores paracaidistas, cargan el siguiente armamento del modo que cientos de veces han ensayado: 5 fusiles, 1 ametralladora, 1 pistola ametralladora, 2 cargas huecas de 50 kilos; 2 cargas de explosivos de 12.5; 1 pistola para bengalas, 1 carga de explosivos a distancia, 10 cargas de 3 kilos, además herramientas de zapadores y herramientas de mano. 

En total 2401 Kg de explosivos y 30.000 balas de municiones, y a esto hay que añadir granadas de mano, lanzallamas, escalas de asalto, aparatos de radiotelegrafía. 

A las cuatro de la madrugada es la hora de ataque. Once «Ju-52» son enganchados a los aviones sin motor mediante cables de remolque. Una hora más tarde empieza el imponente espectáculo sin espectadores: en intervalos de segundos despegan los aviones de carga sin motor arrastrados por los «Ju-52».

Desde hace meses, la vida en el fuerte de Eben-Emael, situado en mitad del camino entre Lieja (Bélgica) y Maastricht (Holanda), se desenvuelve monótona. Mientras los 600 hombres de guarnición en el frente realizan su servicio de centinela, los otros 600 entretienen el tiempo alegremente en los pueblos cercanos. Solamente pisan los sótanos del cuartel una vez al día para ducharse.

Infinidad de veces se dice en broma: «¡Que vienen los alemanes!». Infinidad de veces se da la voz de alarma: «¡Ahora va muy en serio!». El estado de ánimo de los soldados de la fortaleza está por los suelos. Incluso el pensamiento de ser relevados regularmente y ser cambiados con la guarnición del pueblo no sirve ya para levantar la decaída moral. 

Precisamente Eben-Emael domina, como suerte más septentrional de Lieja, el canal Alberto, el Mosa y el canal Stich en dirección de Maastricht

El fuerte protege ciertamente los puentes estratégicos de Vroenhoven, Veldwezelt y Canne. Los grandes cañones del fuerte alcanzan hasta Maastricht y Lieja. Por lo menos hay cinco carreteras que pueden ser batidas por el fuego de los cañones de Eben-Emael. 

Pero lo que los belgas no pueden saber es que desde fuera los alemanes conocen hasta el último rincón del fuerte. Éstos poseen planos a gran escala y una gran maqueta, donde los paracaidistas destacados han podido grabar en su cerebro hasta el detalle más ínfimo:

Longitud de este a oeste: 700 metros; longitud de norte a sur: 900 metros. En la fortificación hay en total 35 obras de artillería e infantería cubriéndose mutuamente, y con una bien calculada defensa de todos los márgenes. Al nordeste corre el canal Alberto. Aquí la profundidad es de 40 metros. En la parte noroeste un foso artificial en talud, de 500 m de largo. A éste va unida la zona inundada por el río Geer. Hacia el oeste y sur se extienden fosos y muros de 4 metros de altura por lo menos.

Hay sólo un paso. En la parte 3. Todas las zonas de la fortificación están unidas una con otra por un sistema de pasillos de varios kilómetros. Las guarniciones tardan 25 minutos desde que salen de su cuartel situado en la fortificación debajo de tierra hasta que llegan a sus puestos de combate. 

Hacia las 3.10 de la madrugada suena el teléfono de la Compañía en el despacho del comandante de la fortificación Eben-Emael, Jottrand. La unidad de mando de la división ordena alarma en grado mayor. Jottrand manda que suban los 600 hombres de la guarnición a todas las partes estratégicas del fuerte: dejando por el momento que sigan durmiendo los 600 hombres de la guarnición del pueblo en su alojamientos. Los soldados, con la vista clavada en la lejanía, otean los alrededores desde sus puntos de observación. Pero como tantas otras veces: Todo está tranquilo.

Comienza la batalla por el fuerte

El despegue del destacamento «Granit» ha funcionado perfectamente. Pero una vez en el aire, los pilotos de los aviones Ju-52 vuelan teniendo que realizar maniobras atrevidas, con el fin de mantener la estabilidad de los pesados aviones sin motor: bien se abaten lateralmente, bien se lanzan en picado para mantener el curso. A muchos de los soldados se les rebela el estómago. 

Desde Colonia a Aquisgrán, el camino está precisado exactamente: cada 20 kilómetros un reflector proyecta su luz hacia lo alto. 

Ante Aquisgrán se libera de sus cables a los aviones arrastrados. Los pilotos, a partir de este momento, sólo disponen de una brújula; y su tarea es aterrizar exactamente en 20 metros sobre la superficie de la fortificación. 

Esquema del Fuerte Eben-Emael y sus principales posiciones

En la posición 29, en el extremo sureste de Eben-Emael, los artilleros belgas dirigen sus armas antiaéreas. Están a la escucha. Escudriñan si hay bombarderos alemanes en vuelo. De repente aparecen flotando en el aire fantasmales pájaros gigantes. cuando el primer belga quiere darse cuenta de la realidad ya están aterrizando. Los soldados vuelven las bocas de sus cañones hacia abajo, pero ya es demasiado tarde. Uno de esos «pájaros» aterriza justo entre ellos.

El campeón en la aviación sin motor, el suboficial Lange, lanza su avión directamente sobre la posición antiaérea. El ala izquierda del avión se lleva consigo una ametralladora, arrastrándola unos metros. Finalmente. el avión se detiene con gran estrépito. Se abre la escotilla y el sargento Haug, del destacamento 5, salta afuera. Lleva en la cabeza su tarea: «Quitar al asalto la obra 29 (probablemente antiaérea)».

Haug «trabaja» con la metralleta. En ese momento vuelan granadas de mano sobre la posición. Los belgas levantan las manos en señal de entrega.

La primera arma secreta de la guerra 

«¡ Adelante!», grita Haug; «¡A la obra 23!» Tres hombres de su destacamento se acercan a la obra 23 protegida por una plancha acorazada y alejada unos 100 metros. 

Ellos también conocen su misión. «Destruir la obra 23. Impedir la defensa enemiga en la zona del objetivo e inutilizar la artillería por la parte norte.» 

Los belgas detrás del parapeto acorazado se sienten seguros en la obra 23. Se les ha repetido continuamente que el acero y el cemento que les protege no son fáciles de destruir. De lo que ellos no pueden tener idea es de que los hombres van a emplear sobre ellos ahora mismo la primera arma secreta de la Segunda Guerra Mundial, es decir la carga hueca de 50 kilos.

Se componía de dos pesos transportados separadamente y que se ensamblarían allí mismo tomando una forma de media bola. Con diez segundos de mecha entre el encendido y la explosión eran capaces de taladrar un espesor de 25 cm. 

Carga Hueca de 50kgs
Esquema de una Carga Hueca de 50kgs

Los hombres del destacamento 5 colocan su carga, pero la explosión no logra el efecto esperado. Sobre la bóveda blindada aparecen sólo delgadas hendiduras como las que se forman en la tierra seca. Los artilleros belgas, dentro de la bóveda, oyen la detonación. El cemento sobre sus cabezas se resquebraja; se desprenden pequeños fragmentos de acero. Pero la bóveda resiste. Los artilleros deliberan si deben salir o no. Un par de hombres están preparados para salir por el hueco destinado para ello por detrás del objetivo, y en ese momento hay una segunda explosión. Caen los primeros soldados. 

Obra 19. Aquí lucha el destacamento 4 bajo el mando del sargento Wenzel. Los zapadores de Wenzel se abren camino hacia el objetivo a través de una tronera. Las armas belgas son destruidas en su totalidad; la guarnición ha caído.

Los destacamentos 6 y 7 se dirigen a las obras 15 y 16. Según los mapas y las fotografías aéreas estos dos objetivos gozan de una estimación especial. Pero los suboficiales Harlos y Heinemann, junto con su gente, son los héroes burlados. Las bóvedas blindadas de 5 metros resultaron ser un engaño pues estaban hechas de hojalata. 

La obra 25. Un viejo barracón con alojamiento para el equipo. La guarnición ofreció mayor resistencia que sus camaradas en los objetivos blindados. Bajo el fuego de sus metralletas cayeron los primeros alemanes. 10 minutos después del aterrizaje por sorpresa del grupo de asalto «Granit» se había hecho callar a 10 obras de la inexpugnable fortaleza Eben-Emael, quedando algunas muy destrozadas. 

El comandante Jottrand intenta adivinar cuántos alemanes hay sobre su cabeza. Que no son muchos pronto lo puede adivinar; pero que sólo son 70 hombres no puede ni imaginárselo a causa de lo concentrado del ataque, de su energía. De todos modos ordena a su gente «mantenerse a la defensiva» y por teléfono pide a los artilleros belgas vecinos que dirijan el fuego contra su propio fuerte. Además manda destacamentos de observación y de choque. 

Los zapadores paracaidistas deben ahora defenderse; buscan refugio precipitadamente en la fortificación parcialmente destruida.  

Con este motivo se constata que de los 85 hombres que han despegado de Colonia, solo 70 han aterrizado en la fortificación de Eben-Emael.

El grupo de asalto teme lo peor para sus camaradas, pero a las 8.30 de la mañana, en un alto el fuego de la artillería belga, sucede algo inesperado: otro avión sin motor flota en el aire, aterrizando junto a la obra 19, donde el sargento Wenzel había instalado su puesto de mando y tomado la dirección. 

Del avión salta el teniente Witzig. El destacamento de asalto «Granit» tiene de nuevo a su jefe. Precipitadamente, les cuenta como su Ju-52, a causa de un vuelo en picado, chocó con otro aparato en el aire siendo cortado el cable de arrastre. Con mucho esfuerzo y apuro el aparato pudo sobrevolar el Rhin, consiguiendo aterrizar en un campo sembrado.

Witzig volvió rápidamente a Colonia-Ostheim y mandó venir de Gütersloh un nuevo remolcador. Con él voló al campo en el que estaba su avión sin motor. El Ju-52 consigue aterrizar y volver a despegar llevando consigo el avión sin motor completamente cargado.

El suboficial Brendenbeck le había pasado otro tanto. Su aparato sin motor se desprendió demasiado pronto del avión remolcador, debiendo aterrizar en Düren. Sus hombres del destacamento 2 lograron llegar más tarde al fuerte por tierra, en dos coches prestados, como primeros soldados alemanes. Sin embargo, no pudieron entrar, pues los belgas continuaban disparando con metralletas y armas antiaéreas.

Los hombres del fuerte tienen que luchar encarnizadamente durante todo un día y una larga noche. Las llamadas telegráficas con el ruego de ayuda y refuerzo se hacen cada vez más apremiantes. En la mañana del 11 de mayo de 1940, consigue penetrar el destacamento de asalto del Regimiento 151 de Infantería hasta los puestos donde se encuentran los heroicos defensores. 

Fuerte de Eben-Emael despues del Asalto Alemán
Fuerte de Eben-Emael despues del Asalto Alemán


Cuando, finalmente, hacia la una y treinta del mediodía el fuerte de Eben-Emael se halla completamente rodeado por las tropas alemanas, suena alegre una corneta en la entrada nº.3. Como en los tiempos del Emperador los belgas ofrecen la rendición de la plaza. Un oficial belga, acompañado del corneta con bandera blanca, negocia las condiciones de la rendición en el puente de Canne, semidestruido. Entretanto, el puente de entrada a la fortificación permanece bajo. Las puertas están abiertas. Por delante de los desconcertados centinelas belgas se precipitan en los pasillos y casamatas los primeros zapadores. «¡Venga, venga! ¡Fuera, fuera!» Cuando el parlamentario vuelve al fuerte se encuentra delante de sí 200 belgas con las manos en alto. 

Por lo demás, la operación del asalto al fuerte de Eben-Emael se mantuvo en secreto hasta el final de la campaña militar de Francia. Incluso los casi 1200 prisioneros de guerra belgas fueron aislados en un campo de concentración, sin que se les permitiera hablar con sus guardianes.

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