La batalla de Narvik

Seguimos con la invasión a Noruega y esta vez os traemos la historia de la Batalla de Narvik. Es la historia de cómo apenas 5000 marineros y cazadores de montaña alemanes consiguieron derrotar a más de 20000 soldados aliados.

Esta es su historia:

Amanecer del domingo 7 de abril de 1940. Desde poco antes de la medianoche, 10 destructores alemanes cabecean en las agitadas aguas del mar del Norte. En cubierta un par de cazadores de montaña lucha contra el mareo, mientras la mayoría de sus 1800 camaradas se encuentran bajo techo. 

No deben parecer sospechosos con objeto de no brindar al espionaje aéreo británico ninguna pista, ya que la misión que tienen encomendada, y para la que se hicieron a la mar la víspera en Wesermünde, es rigurosamente secreta. 

Tampoco los 3000 hombres de la dotación de los destructores saben muy bien a dónde van. Lo único que saben es que, pese al malestar que proporcionan a los cazadores alpinos, las aguas se encuentran relativamente tranquilas; en esta época del año el mar del Norte suele ser bastante fiero y cuanto más al norte, peor. Y ellos se mueven hacia el norte, esto también está claro. Cargados al máximo, con provisiones para un viaje de varios días y llevando a bordo tropas de montaña al mando de un general. 

Narvik, misión secreta

Por los altavoces de los buques que toman parte en el «Weserübung Nord» suena la voz del comandante:

«El 9 de abril, a las cinco de la mañana, Dinamarca y Noruega serán ocupadas por las tropas alemanas. Los destructores deben desembarcar el regimiento de cazadores en Narvik, ocupar la ciudad y el ferrocarril y responder a los ataques enemigos. Es posible que nos encontremos con unidades navales enemigas. Parece ser que en el Ofotfjord se encuentran buques ingleses . Debemos aplastar cualquier resistencia noruega. Narvik es el punto más septentrional desde el que las tropas alemanas desarrollarán esta operación». 

Por un momento reina el silencio. Los altavoces han vuelto a enmudecer. Y entonces se libera la tensión de los últimos días, con el choque que supone la inmediata entrada en combate. 

Los soldados bromean y gritan, tratando de infundirse valor mutuamente. 

Dos de la mañana. Nadie ha conseguido pegar ojo. Los destructores avanzan a toda máquina. Al norte de la isla Wangerooge se distinguen algunas señales. Surgen en la noche las sombras de dos buques gigantescos: los cruceros de batalla Scharnhorst y Gneisenau. Hermosa mañana de primavera en el mar del Norte. Brilla el sol, el mar está en calma. Sobre las diez de la mañana el enemigo comete su primer error. 

Sin ser avistados por los doce barcos alemanes, aviones británicos de reconocimiento descubren el convoy y transmiten la noticia a Londres, equivocando por completo la situación. 

A las 14:30 en punto, las sirenas de los buques dan la alarma, y surgen en el horizonte doce bombarderos ingleses. Pero ante el fuego cerrado de las baterías de los barcos, sobrevuelan una sola vez el convoy, lanzan un par de bombas que caen al agua y desaparecen de nuevo rumbo a la costa. 

Paracaidistas alemanes en Noruega
Paracaidistas alemanes en Noruega

Este error británico permite que cuatro días después los buques alemanes se encuentren sin oposición en el puerto enemigo. Para mayor suerte de los alemanes, los bombarderos no sólo han apuntado mal sino que en su informe a Londres hablan de sólo ocho destructores y dan una situación errónea de la flota. Hasta el tiempo se pone del lado alemán. Hacia el mediodía empieza a soplar el viento y el cielo se cubre de nubes. Los buques se mueven mucho y las tropas de tierra lo pasan mal.

Sin embargo, el comodoro Bonte, jefe del Grupo de destructores, sabe que así tiene mayores posibilidades de no ser sorprendido por el enemigo. A medianoche se pasa el estrecho entre Inglaterra y la ciudad noruega de Bergen: el enemigo brilla por su ausencia. 

De madrugada, debido al temporal, cae al mar gran parte del material almacenado en cubierta, especialmente vehículos, armamento pesado, municiones…

En la noche del 8 al 9, los dos cruceros de batalla viran en redondo. Los diez destructores dan al unísono la señal de «tierra a la vista». Se divisan las luces de Tranö. Las campanas de los destructores ordenan el «zafarrancho de combate». Noruega vive sus últimas horas de paz. En formación de combate los destructores alemanes recortan el Vestford, de unos 200 km de longitud. Esperan ver surgir detrás de cada peñón un buque inglés. Pero no aparece ninguno. También aguardan el fuego de las baterías de tierra. Nada.

Desde el puente, los oficiales recorren el horizonte con sus anteojos de largo alcance. No se ve nada. Son las 4:40, faltan veinte minutos para el comienzo de la ocupación de Noruega. Dentro de 20 minutos los primeros cazadores saltarán a tierra, acabarán con la neutralidad y la paz de Noruega y ocuparán la fortificación que defiende la entrada de Ofotfjord. 

Comienza la batalla: los noruegos no se lo esperaban.

Dentro del radio de acción de las baterías costeras noruegas, los soldados se meten en las lanchas de desembarco, llegan a tierra y trepan hasta el fuerte. ¡Las cinco! ¿Cuándo va a sonar el primero disparo? ¿A quién alcanzará? ¿Nos está protegiendo la oscuridad? Pero el disparo no se produce. La fortaleza está desocupada: ni un hombre, ni un arma. Noruega no esperaba a sus enemigos. 

El grupo vuelve a bordo. Los barcos siguen avanzando. Faltan pocos minutos para llegar al puerto de Narvik. De pronto aparece un buque. Los alemanes les hacen señales: «Paren las maquinas inmediatamente».

Pocos minutos después lanzan un bote al agua y dos oficiales se acerca al guardacostas noruego Eidsvold, construido en 1898. 

La negociación es dramática: los alemanes exigen la rendición de los noruegos. Estos piden diez minutos para consultar. Los alemanes no admiten dilataciones. Los noruegos responden: «¡Lucharemos!».

En cuanto el bote alemán se aleja, un oficial lanza una bengala roja. Los destructores se ponen en marcha. El guardacostas noruego también. Sólo les separan 300 metros. El general Dietl da la orden: «¡Fuego!».

El destructor de cabeza vira y lanza un torpedo. De la otra parte todavía nada. Segundos después se producen dos tremendas detonaciones, el guardacostas se parte en dos y se hunde rápidamente. El primer destructor ha llegado al puerto e iniciado el desembarco de los soldados. En ese momento el segundo guardacostas noruego, el acorazado Norge, anclado en el puerto, abre fuego sobre los destructores alemanes, de los que se encuentra a unos mil metros. La primera salva va a parar al jardín del consulado británico. El destructor alemán responde al fuego con dos torpedos que hunden inmediatamente el guardacostas. 

Veinte minutos después los destructores han desembarcado a los cazadores. La primera parte de la operación Narvik se ha llevado a cabo sin una sola baja. Demasiado fácil para los alemanes, aunque no todo iba a ser bueno. Lo que no sabe nadie en ese momento es que los ingleses han hundido el convoy que llevaba a bordo las armas pesadas para los hombres que acababan de pisar tierra noruega. 

Cuanto sucede en el puerto de Narvik en aquellos momento es digno de una tragicomedia: Dietl, el general bávaro prácticamente desconocido, es el primero en pisar tierra. En el puerto le recibe el cónsul alemán como si se tratara de un embajador de la paz. 

No suena ni un disparo, no se ve ningún soldado noruego. 

  • ¿Dónde está el comandante noruego de la ciudad? -pregunta Dietl.

El cónsul abre la puerta de su coche: 

  • Yo le llevo hasta el coronel Sundlo.

La escolta del general apenas tiene tiempo de ver cómo el auto se pone en marcha. Inician una carrerilla, se dan cuenta de que aquello no conduce a nada y, al fin, los soldados deciden tomar un taxi al que ordenan: «¡Sigan a ese coche!».

El viaje termina en un puente urbano. Por él merodean soldados noruegos junto a un oficial. Dietl y el cónsul se bajan del coche. Unos metros detrás la escolta del general desciende del taxi. 

El cónsul alemán presenta a los dos oficiales. El general alemán pone al coronel noruego al corriente de la situación. Sundlo escucha con gesto serio. Dietl fantasea lo que puede: Casi una división alemana desembarcada.. Un derramamiento de sangre sería inútil…. Cualquier resistencia resultaría infructuosa… Una honrosa capitulación…

Sundlo pide una hora para consultar con sus superiores. Dietl se la niega y repite en tono imperioso la exigencia de rendición. Negociación en la que se juegan vidas humanas. Silencio. Diez minutos más tarde el noruego se retira, entrega la ciudad… Es la segunda victoria regalada. 

Narvik capitula

El general deja a dos de sus soldados junto al coronel Sundlo y regresa al puerto. La noticia de la rendición sin combate de la ciudad se extiende como un reguero de pólvora. Los marineros de los mercantes alemanes que se encuentran en Narvik aclaman a los marineros de guerra. Al amanecer creyeron por un momento que la escuadra que se les venía encima para ocupar el puerto era la inglesa y habían preparado la voladura de sus barcos. Un capitán algo nervioso y precipitado había realizado incluso la operación.

Los destructores van acercándose uno tras otro a un buque cisterna alemán y reciben carburante para el regreso. Los cazadores realizan una inspección del puerto: alrededor de unas 40.000 toneladas de mineral llegan diariamente por ferrocarril y son embarcadas en su mayor parte con destino a Inglaterra. En adelante irán rumbo a Alemania. Los suecos deberán seguir el ejemplo. 

La primera noche en Narvik, el comodoro Bonte invita al general Dietl a bordo de su destructor. El general, que siente una gran simpatía por el marino, se lo agradece, pero no acepta: quiere pasar la noche cerca de sus soldados. Dietl, que participó como oficial en la Primera Guerra Mundial, que ha tomado parte en la ocupación de Austria y en la batalla de Polonia, tiene un olfato finísimo: ésta es la primera noche en tierra extranjera y la operación contra Noruega no debe de haberse desarrollado en otras partes con tanta facilidad como en Narvik.

General Dietl durante la Batalla de Narvik
General Dietl durante la Batalla de Narvik

Efectivamente, el rey de Noruega ha hecho un llamamiento a la lucha contra los alemanes…

No, el general prefiere quedarse con sus soldados. Requisa tres pisos del hotel Royal, internacionalmente conocido, y se acomoda en ellos. El servicio del hotel es su servicio. Una estampa sacada de los tiempos de paz… Pero la estampa engaña. A las 5:30 de la mañana del 10 de abril, el destructor del comodoro Bonte salta por los aires, le sigue un segundo y un tercero. Cinco mercantes alemanes explotan, otros arden. En pocos minutos el puerto se convierte en una llama gigantesca.

¿Qué estaba pasando? Durante la noche cinco destructores ingleses han tomado posiciones sin ser apercibidos y han abierto fuego por sorpresa. El capitán Warbuton-Lee, sin esperar instrucciones del Almirantazgo había seguido a distancia a los destructores alemanes hasta conseguir dar el golpe. ¿Mereció la pena?

Por parte alemana, se perdieron tres destructores y cayó el comodoro Bonte. Al regreso, los ingleses perdieron tres destructores y resultó muerto el capitán Warbuton-Lee. Los otros dos, protegidos por una columna de humo, pudieron salvarse sin ser molestados por los buques alemanes. Salvar, reparar y repostar era para éstos más importante que emprender la persecución.

Desde la ventana de su hotel, el general Dietl contempló lo que estaba sucediendo en el puerto. Se dio cuenta de que acababa de empezar la batalla y que tanto él como sus soldados se encontraban en una trampa. 

Lo que ocurrió después, el 13 de abril, fue algo increíble: en pleno día, exactamente a las 12:30 y avistdos por los puestos alemanes de observación, que no podían hacer nada en contra, aparecieron en el puerto cinco destructores tipo Tribal, cuatro tipo Forester y el crucero de 32.000 toneladas Warspite con el vicealmirante Whitworth a bordo. Diez minutos después los destructores alemanes que se encuentran en el fiordo abren fuego contra la flota británica. Al principio los ingleses apuntan mal y no logran dar en el blanco. Pero dos horas después los destructores alemanes se quedan sin munición e intentan la retirada, luego se hunden ellos mismos mediante la voladura o lanzándose contra las rocas. Las dotaciones, sin embargo, logran ganar tierra. 

A las tres de la tarde, las tropas del general Dietl no tenían un solo buque para respaldar su acción. A partir de esa hora los barcos ingleses entraban y salían por el Ototfjord e incluso se paseaban por el puerto de Narvik, llegando hasta poco menos de cien metros de los atracaderos. Lo único que el general Dietl puede hacer en su habitación del Hotel Royal es lamentarse: «¡Si tuviera una sola batería ya les iba yo a enseñar…!» 

Pero no tenía ninguna. Todo su poder estaba en tierra. Y en ella, de un momento a otro, se esperaba el desembarco de la artillería. 

Desembarco aliado en Narvik

Con sus 1800 cazadores y poco más de 3000 marineros, Dietl organizó un frente tan meritorio como falto de fuerza: ciudad -Puerto – ferrocarril minero hasta la frontera sueca (30 km) – aldeas de pescadores. 

Si es que se podía llamar a eso frente. Los alemanes tenían que controlar más de 50 kilómetros. Rodeados de montañas y nieve que no ofrecían nada de protección. Era imposible construir un frente con capacidad de resistencia. Lo único que se podía intentar era montar nidos de ametralladoras y artillería ligera, uno aquí y dos allá. A veces con siete soldados y una ametralladora, a veces con veinte y un mortero.

Soldados Alemanes en un antiáereo durante la batalla de Narvik
Soldados Alemanes en un antiaéreo durante la batalla de Narvik

Se trata de una tropa increíblemente pobre: no tiene artillería, apenas munición, no puede comunicarse con nadie, no está protegida por la aviación y ni siquiera tiene ropa adecuada: los marinos carecen de equipo de invierno. Los especialistas logran, ante los mismos ojos de los ingleses, sus barcos se encuentran a menos de mil metros, desembarcar 14 cañones y antiaéreos de los destructores hundidos y de los mercantes ingleses armados que se encuentran en el puerto.

En la ciudad se requisan 48 camiones y 6 autos privados. Del destructor Diether von Reeder se saca la radio, única con potencia suficiente como para tratar de comunicar con Alemania y se monta de nuevo en tierra, dotándola con personal técnico bajo el mando directo del general Dietl. 

El 17 de abril empieza la invasión. Al norte de Narvik desembarcan importantes contingentes de soldados británicos. Los franceses lo hacen más al este. Detrás de ellos, en las montañas, a lo largo del ferrocarril y hasta la frontera sueca, se encuentran concentrados los noruegos. Y al sur de Narvik, en el estrecho fiordo de Skjomen desembarcan los exiliados polacos. 

Las tropas de Dietl se hallan cercadas por tres flancos, el flanco libre lo forman el mar y en él domina la escuadra inglesa. En total toman parte en la operación 20.000 soldados aliados, que disponen de excelente equipo y poseen armas, municiones, vehículos, ropas de invierno. Frente a ellos, se encuentra la ropa casi desarmada del general Dietl. 

Un teniente coronel desobedece las órdenes

Mientras el desigual enemigo se aproxima cautelosamente a las posiciones alemanas y mucho antes de que los Aliados se enteren de cuál es la situación real en que se encuentran los alemanes, en el Alto Mando de la Wehrmacht, en Berlín, se desarrolla todo un drama. 

18 de abril, a mediodía. Acaban de llegar a la mesa de Hitler los despachos con la noticia del desembarco aliado en Narvik. El Führer ordena que Dietl evacue las posiciones y pase inmediatamente a Suecia con sus tropas. El teniente coronel Lossberg es el encargado de transmitir la noticia por radio. 

Lossberg sin embargo, decide hacer algo muy diferente: presentarse a Jodl. El teniente coronel entra en la sala de mapas donde Jodl se encuentra con Keitel. Lossberg: «Cumplo con el deber de informar a usted que este comunicado ni lo he transmitido por radio, ni lo pienso transmitir. La situación no justifica una orden de esta clase». 

Negarse a obedecer una orden del Führer era algo muy serio y el general Keitel abandonó indignado la sala. Jodl tiene más carácter. Admite que él también considera un error tal orden, pero con Hitler es imposible discutir. 

«Repito – dice Lossberg -, que me niego a transmitir esa orden».

Jodl acepta, al fin, la responsabilidad de que se posponga la orden. 

Lossberg regresa rápidamente al Alto Mando de la Wehrmacht e intenta convencer al comandante supremo del Ejército de Tierra para que dé la orden de ataque. Brauchitsch no se siente dispuesto. Lossberg decide enviar a Dietl un mensaje preparado por él de antemano: «Le felicito y confío en que sabrá defender esas posiciones hasta el último hombre. Brauchitsch».

Mientras se envía cifrado este mensaje, que no llegará a Narvik, Jodl se decide a tomar parte en el engaño. Para salvar la posición de Brauchitsch presenta al Führer una orden modificada con destino a Dietl y le sugiere que, debido  a la situación en que se encuentran las comunicaciones radiofónicas, se envíe por medio de un correo aéreo a Narvik. La orden dice:

«Al general Dietl: 

1- Informaciones recibidas nos inducen a creer que se prepara una gran acción aliada contra Narvik. A la larga posiblemente no podrá usted resistir, dada la falta de armamento y equipo en que se encuentra. 

2- Nos es imposible el envío de otros efectivos así como de artillería. (La campaña de Francia estaba en punto de comenzar y sus preparativos ocupaban a todas las fuerzas disponibles. Esto no lo sabía Dietl. Hasta el final de la batalla de Narvik, el 9 de junio, fueron enviados tan sólo unos 500 soldados más con equipo poco importante.) 

3- Pese a todo, su misión sigue siendo resistir cuanto pueda. Intente ganar tiempo… de manera que el enemigo no pueda utilizar el ferrocarril minero». 

El punto cuatro aconseja distraer durante el mayor tiempo posible al mayor número de enemigos. (Para evitar que puedan ser trasladados a Francia) El último punto de la orden de Hitler propone abrirse paso por tierra hacia el sur. Pasar a Suecia a los que no estuvieran en condiciones de realizar esa marcha o evacuar a la tropa por medio de hidroaviones. «En el caso de que no puedan realizar ninguno de los planes anteriores, actúe de manera que quede en alto el honor de la Wehrmacht. Adolf Hitler».

El hidroavión despegó esa misma noche del Havel berlinés y llegó a Narvik al mediodía siguiente. El avión sobrevoló los buques ingleses casi rozando los mástiles, pero antes de que entraran en acción los antiaéreos ya habían logrado aterrizar tras el refugio de un peñón. No fue descubierto y pudo más tarde despegar sin riesgo. A solas con Dietl, el capitán von Sternburg, le entregó la orden de Führer traída por él desde Berlín. 

Retirada alemana en inferioridad

Casi de inmediato se inició una serie de escaramuzas sin solución de continuidad que había de durar un mes. Cada unidad se defendía aisladamente de los ataques de un enemigo a menudo diez veces superior. Desde los fiordos la artillería de los buques británicos bombardeaba los nidos alemanes por pequeños que fueran. 

Pese a todo los Aliados avanzaban muy despacio y esto por dos motivos: 

  • Ni los ingleses ni los polacos estaban habituados a los terrenos montañosos. Sólo los franceses disponían de Chasseurs Alpins. Por otra parte, los noruegos, buenos conocedores del país, estaban mal armados. 
  • Los Aliados se han dado cuenta de la situación en que se encuentran los alemanes, están seguros de su victoria y por tanto quieren evitar inútiles derramamientos de sangre, motivados por las prisas.

Sin embargo, cada uno de los soldados alemanes se encuentra con dificultades crecientes para resistir. 

A finales de abril el general Dietl se retira con su Estado Mayor, del hotel Royal a unas casas en el monte. 

A principios de Mayo la bahía de Narvik está materialmente ocupada por navíos aliados. Los desembarcos continúan y los primeros en verse en dificultades graves son los grupos del Norte. 

Los hombres tienen que luchar en tres frentes y únicamente logran, en el último minuto, retirarse hacia el oeste y establecer contacto con el Grupo Narvik. El 13 de mayo a las siete de la mañana, una compañía al mando del teniente Bauer cae en poder del enemigo, los que no mueren en el combate son hechos prisioneros.

En Hartwik 20 alemanes resisten, frente a unos 500 ingleses, durante 24 horas. Los británicos con artillería y carros blindados, los alemanes con dos ametralladoras. A través de las montañas, las tropas alemanas intentan la retirada, saltando sobre las peñas, deslizándose por el hielo, aguantando caídas de muchos metros sobre la nieve. Los alemanes tratan de concentrarse en el sur para volver a presentar batalla otra vez. 

Dietl no sabe muy bien con qué tropas cuenta. La radio deja de funcionar. Nuevos ataques aliados el 15 de mayo. Los alemanes pierden las posiciones de Hartwik. Y lo mismo sucede con las altas planicies del norte de Narvik. Los noruegos, por su parte, asaltan la posición fronteriza de Kobberfjell. 

Las rutas de abastecimiento durante la resistencia alemana en Narvik eran muy complicadas
Las rutas de abastecimiento durante la resistencia alemana en Narvik eran muy complicadas

El tiempo cambia continuamente, del viento, a la niebla y el frio sucede el sol de primavera. Los hombres, sin fuerzas, luchan contra la nieve y el fango. El 17 y 18 los Stukas alivian la situación durante unas horas, atacando los buques y posiciones del enemigo. Simultáneamente se lanza un grupo de paracaidistas. 75 hombres en total. 15 más llegan en un hidroavión. A las 6:50 de la mañana del 28 de mayo, previa consulta con Dietl, el comandante Haussels da la orden de abandonar Narvik.

Situación: en la ciudad se encuentran prácticamente sitiados 150 cazadores alpinos y 250 marineros. Sólo hacia el sur cabe abrirse paso, por el Beisfjord se mantiene abierta todavía una pequeña brecha. Tanto la ciudad como el puerto han sufrido grandes incendios. Al norte de Narvik, una parte del ferrocarril minero se encuentra aún en manos alemanas, pero resulta imposible llegar hasta allí.  Los muelles de carga son una auténtica masa de ruinas 

Sin lucha, los soldados alemanes abandonan Narvik. Sin lucha a través de un verdadero telón de humo, los alemanes burlan el choque con los soldados aliados. Nadie imagina en esa hora que estos mismos soldados, diez días más tarde, entrarán en Narvik como vencedores, muertos de fatiga, deshechos, pero felices de haber alcanzado la victoria. 

Los aliados se retiran

Por el momento la situación es desesperada. Dietl cumple a rajatabla la orden recibida: mantener en jaque al enemigo mientras sea posible. El general, que siempre ha estado muy unido a sus soldados, procura al mismo tiempo ahorrarles en lo posible las penalidades. Acotar el frente, deja al enemigo atacar en el vacío, vuelve a formar a sus hombres en la retaguardia y cae por la espalda sobre las tropas aliadas. Los polacos asaltan el ferrocarril. El último grupo alemán en disposición de luchar  defiende el túnel de acceso. Dietl no tiene nada, salvo la promesa del envío de refuerzo: 1800 paracaidistas y 1000 cazadores más. Promesa en la que no cree. 

Sin embargo, el milagro que todos esperaban acaba produciéndose.

El 8 de junio los ataques enemigos empiezan a disminuir hasta cesar del todo. Por la tarde las tropas aliadas inician la retirada. Los soldados alemanes se encuentran demasiado débiles para iniciar la persecución. Los observadores aéreos comunican que las tropas se están embarcando y que los barcos se hacen a la mar, hacia el oeste. A las 21:30 el Batallón Walter vuelve a entrar en Narvik, sin encontrar en su camino un solo soldado enemigo. Los Aliados también han abandonado Narvik sin disparar un tiro.
En las primeras horas del 9 de junio, el comandante supremo de las tropas noruegas, Ruge, capitula por orden de su abandonado Tromsö. 

La batalla de Narvik ha terminado. Los héroes que durante ocho semanas han sabido resistir, han llevado a cabo un esfuerzo humano. 

En último término la victoria es un regalo que les han hecho: 

  • Mediante la capitulación de Noruega. 
  • Mediante la retirada de los Aliados, a quienes apremia socorrer a Francia. 

Pero ello no resta mérito a los héroes de Narvik. Dietl será ascendido en un grado, el 19 de julio de 1940, y se le impondrá la primera condecoración de esta guerra. 

En septiembre se creará el emblema de Narvik, concedido a todos los que tomaron parte en la batalla. 

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